Y Si Una Palabra Vale Más...

En el film “Stanno tutti bene” (1990), una escena se anticipaba a un nuevo paradigma: Un abuelo y un bebé. La atención del bebé capturada, en forma exclusiva, por un televisor. Pantalla que repentinamente deja de funcionar. Llantos y gritos del bebé. Secuencia que finaliza con el mismo bebé sentado frente al lavarropas en funcionamiento capturado, nuevamente, por el continuo girar. Por otro lado, llegando a los años 2000, una ingeniera estadounidense crea un objeto que se proponía ayudar a niños con autismo o trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Hoy, ese objeto, llamado “Fidget Spinner” (girador inquieto) es uno de los más vendidos a nivel mundial con el lema de “juguete anti-estrés”. Si bien hay quienes comparan a este objeto con otros que fueron moda en los años 90’, como el “Tiki-taka” o el “Yo-yo”, una diferencia radical es que aquél surge asociado a la patología antes que vinculado al entretenimiento/juego.

En su conjunto, estos fenómenos fueron constituyendo una lógica de consumo representada por el “Llame Ya” (¿para qué esperar?). Así, se fue imponiendo un modo particular de hacer con los afectos y las emociones: la descarga directa, fundamentalmente, en torno a lo visual -la imagen-, configurando un circuito cerrado de estimulación-descarga. ¿Pero qué sucede entonces con la elaboración, la reparación, la regeneración, la transformación de los afectos?

Los aportes de la Psicología, entre otras disciplinas, nos permiten subrayar que, encontrar las palabras que aproximan sentidos posibles a nuestros afectos y emociones constituye caminos espiralados, complejos y, esencialmente, intersubjetivos. Así, cualificar las cantidades se convierte en uno de los trabajos subjetivos fundantes en los primeros años de vida y un desafío a lo largo del desarrollo.

En este sentido es que, desde una perspectiva ética (no moralista), resulta enriquecedor pensar cuál es la posición subjetiva en relación al uso de estos objetos, sin simplificar y reducir con la demonización o idealización esos objetos. Por ejemplo, no sucede lo mismo, a nivel subjetivo, con un niño que se entusiasma en la co-construcción y el diseño de un objeto como el “Spinner”, que disfruta luego de su producción buscando variaciones de movimientos, efectos y ritmos en la interacción con otros, que con un niño que utiliza el “Spinner” como objeto tranquilizante evitando el intercambio con otros, inhibiendo la exploración, las pausas y la búsqueda placentera de lo novedoso. En ambas situaciones el objeto es el mismo, pero las posiciones son significativamente diferentes.

Esto podría demostrar que nuestro desafío, como adultos cuidadores y educadores, es complejizar y promover recursos simbólicos intersubjetivos que vayan constituyendo entramados y redes complejas sostenedoras y posibilitadoras frente a las frustraciones, el displacer y las angustias que emergen en la interacción con nuestro medio socio-cultural. Generar espacios subjetivantes, intermedios, ofreciendo palabras cuando es difícil encontrarlas, promoviendo pausas para pensar, como a veces sucede en los momentos de aburrimiento.

Entre silencios… las notas se vuelven musicales. En las pausas… nos encontramos. Y así, vamos construyendo trazos, con palabras que hilvanan afectos y entraman nuestros lazos.   

Juan Augusto Laplacette

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